Exreligiosa de Molina: “Fui abusada sexualmente por una monja y me hicieron callar”

Consuelo Gómez entró a los 18 años a las Hermanas del Buen Samaritano en la Región del Maule, donde denuncia que tuvo que atender a sacerdotes acusados de abuso sexual. En España, ella fue la víctima. “El nuncio, sabiendo todo esto, no ha hecho nada, y por eso ya no creo en él”, asegura.

TALCA.- En una entrevista aparecida hoy en Emol, Consuelo Gómez recordó su paso de nueve años como religiosa de las Hermanas del Buen Samaritano en Molina, institución dedicada al cuidado de enfermos en esta comuna del Maule.

“No nos dejaban pensar por nuestros propios medios, y casi no podíamos sentir, porque nos ordenaban todo”, fueron las primeras palabras de Gómez antes de comenzar su historia.

Todo al comienzo era “color de rosas”, como ella recuerda en la entrevista, “pero después fueron pasando los años”.

Las visitas se limitaban a dos o tres horas, una vez al mes, y los llamados tenían que durar menos de diez minutos. “No podíamos hablar con gente de afuera, porque nos decían que eran amistades particulares y que no correspondía. Siempre, todo lo que hacíamos, era con miedo”, cuenta.

En ese proceso, Consuelo recibió un gran golpe: la muerte de su abuelo, lo que la sumió en una depresión. No le contaron a sus padres desde el convento, pero ellos al enterarse la llevaron al médico porque producto de esto le aparecieron “herpes en todo el aparato digestivo, comenzando con la boca, y jamás me llevaron al médico, sólo me tenían con suero y medicamentos a su parecer”.

“Ahí sí que el trabajo era de verdadera esclava”, acusa, agregando que no tenían derecho a descansar durante la tarde. Tenía que estar, en todo momento, ocupada con una tarea. “De lo contrario eran retos, retos y más retos”, cuenta. Empezó a tener crisis nerviosas y cayó, además, en la anorexia.

En Chile y, sobre todo, en España, Recuerda que siempre estaban pendientes y que les revisaban, incluso, la ropa interior que usaban. “Por lo mismo había mucho acoso de los sacerdotes, capellanes y directores espirituales, muchas tocaciones indebidas. Se les iban las manos hacia zonas que no debían”. Incluso, en un momento pensó en suicidarse porque “no podíamos decir nada porque nos hacían callar todo lo que viéramos y viviéramos”.

“Empecé a tener consciencia de que no estaba bien cuando llegué de España, el 2008”, precisa. Pero siguió. Después, la congregación resolvió enviarla junto a otras dos religiosas a trabajar en la Nunciatura Apostólica, en Providencia.

Estuvo ahí poco más de tres años, de los que recuerda algo muy específico: no haber tenido ningún día de descanso. Ni los domingos, ni los festivos. “Nos tocaba hacerle todo a los curas: levantarnos temprano a preparar el desayuno como ellos querían, hacer el almuerzo como lo pedían, hacerles la cena, limpiar la cocina, tener que acompañarlos. Eran todos muy exigentes”, recuerda.

“Ya no tengo miedo (…) Yo fui abusada sexualmente por una monja en España, que también era chilena y superior a mí, varias y repetidas veces. Y todos sabían y me hicieron callar. Me hicieron sentir a mí que era culpable de todo. Pero ahora comprendí que esta es una historia que yo viví, que es mía, y que no soy la única”. Por entonces, era una novicia de 20 años.

Acudió al sacerdote que era el director espiritual del recinto. “También me hizo callar, por lo mismo, porque me dijo que le iban a dar la razón a ella y no a mí, que yo para él era una simple novicia, y yo, por miedo, no sé a qué, pero por miedo, porque estaba lejos de mi familia, me quedé como parapléjica”.

Se debe, en parte, a que lleva desde el año pasado en tratamiento psicológico y psiquiátrico. Fue, precisamente, a través de su psicóloga que llegó a José Andrés Murillo y a su Fundación para la Confianza, quienes están apoyándola.

Y explica, también, que se decidió a hablar con Emol porque le preocupa que la historia se siga repitiendo.

Sus últimos años de religiosa en la Nunciatura Apostólica fue en 2013, momento en que “ella explotó”. Durante una reunión con el nuncio Ivo Scapolo, con quien fue a conversar sobre otro tema. “Pero me puse a llorar, me preguntó qué me pasaba, y le conté todo mi caso, que me sentía pésimo, y todo lo que viví en España”.

El nuncio fue comprensivo y la entendió “perfectamente bien”. “Me enviaron al psiquiatra, que sin mayores palabras se dio cuenta de la depresión severa y del trastorno de estrés postraumático que tenía producto de lo vivido en España, de estar guardando todo por más de diez años”. Pero “el nuncio, sabiendo todo esto, no ha hecho nada”.

Se salió de la nunciatura a fines de ese año y volvió al cuidado de su familia, en Talca. Le costaba concentrarse, no era capaz de hilar sus ideas, tampoco controlaba esfínter. Fue a principios de 2017 cuando envió una carta a la congregación para solicitar un descanso y $250 mil mensuales para costear gastos de salud. Aunque aceptaron, en cuatro meses sólo recibió $400 mil. Finalmente salió.

En su situación, asegura, hubo vicio, como denuncia que también existió en otras que le tocó presenciar. Una de esas eran las visitas de los sacerdotes que recibían en Molina. “Los sacaban de sus diócesis por razones que… bueno… ahora me estoy dando cuenta… y los metían ahí, y estaban en comunidad con nosotras”, cuenta.

Menciona, como ejemplo, a Javier Cartes, sacerdote de Curicó que fue condenado por la justicia civil a 5 años de pena remitida por abusos a un menor de 12 años, a pesar de que el tribunal eclesiástico lo absolvió. “A él la Iglesia lo dejó sin hacer misa, pero iba allá y le daba la comunión a los enfermos, celebraba la eucaristía, todo. Y pobre de la que hablara, porque eran capaces de echarla”, asegura.

Finaliza con una frase potente y directa su relato: “Pero en estos momentos ya no necesito que alguien hable por mí”, asegura. “Es mi historia y yo la tengo que contar. Y estoy dispuesta a contar todo”.

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