Una luz de esperanza en el sufrimiento: Abuelitos enamorados para siempre

La Fundación Las Rosas, que cuenta con 29 hogares de acogida en todo Chile, da cuenta de la vida, sufrimiento y vulnerabilidad de la tercera edad, pero también del amor inquebrantable de dos adultos mayores que no se separaron jamás.

TALCA.- Cuando se tiene la oportunidad de visitar un hogar de Fundación Las Rosas, se puede apreciar como los adultos mayores reciben el cuidado, cariño y esfuerzo que brindan sus funcionarios por entregarles una vida digna, a aquellos que por diferentes razones se han convertido en residentes. Con excelente infraestructura, profesionales y voluntarios, se busca que pasen sus últimos años de vida, tratando de hacerlos olvidar -en la mayoría de los casos-, el abandono o desamparo que su entorno cercano les hicieron vivir.

Sin embargo, coincidentemente con la celebración del Día de los Enamorados, en uno de los cuatro hogares que la Fundación tiene en el Maule, nos encontramos con una bella historia de amor inquebrantable, de más de 75 años. Un amor que no terminó ni siquiera, con el galopante alzheimer de Octavio y su ingreso hace algunos años al Hogar Sagrado Corazón de Jesús de Linares.

FORJADO EN LA ADOLESCENCIA

Margarita tenía 17 años cuando comenzó a poner atención en las cosas que hacía Octavio para cortejarla, quien era dos años menor. Eran vecinos y jugaban juntos todos los días, por lo que el nivel de conocimiento de cada uno sobre el otro, de seguro fueron los pilares fundamentales para alcanzar una unión que aún los tiene enamorados.

El padre de Octavio le tenía mucho aprecio a la bella Margarita, una niña dulce y bien educada, de esas “nueras que cualquier suegro quisiera”. Pero la relación no estuvo exenta de obstáculos, como la oposición de los dos hermanos mayores de ella -que no querían al “vecino” cerca de su hermana-, ni menos galanterías. Fueron varios años de amor cómplice, de miradas y conversaciones a escondidas, para que recién a los 25 años de Margarita y los 23 de Octavio, pudieran formalizar –ya como adultos-, el noviazgo, para el año siguiente contraer matrimonio.

La feliz pareja se fue a vivir a una humilde casa de campo, emplazada entre las nacientes montañas de la localidad del embalse Ancoa. Ahí Margarita siguió cuidando de sus hermanos mayores, por lo cual compartían los cuatro en casa. Con los años nunca llegaron los hijos biológicos, pero si los adoptivos. El hijo de una joven vecina, quien no podía cuidarlo y una sobrina de ésta, fueron la pareja de hijos del matrimonio, a quienes cuidaron, educaron y les entregaron amor de familia que los niños tanto necesitaban.

Alzheimer: una enfermedad inesperada

Ya avanzada su edad, Octavio comenzó a realizar acciones erráticas y olvidar ciertas cosas cotidianas, que poco a poco lo comenzaron a invalidar en su vida diaria. El alzheimer se instaló en la vida de esta pareja, amenazando que conforme pasaron los años, fue aumentando el riesgo. El alzheimer es mucho más que una enfermedad, quizá una de las más trágicas de nuestra especie porque priva al ser humano de saber quiénes es. Bajo la gestión de una bondadosa religiosa -y dada la imposibilidad de su amada esposa para cuidarlo-, Octavio ingresó al hogar que Fundación Las Rosas tiene en Linares, en donde comenzó a recibir las atenciones que su delicado estado senil requiere.

Margarita, sola en casa, comenzó a sentir la ausencia de su marido y a vivir la soledad de no tenerlo día a día a su lado, como tantos años lo hicieron. La misma hermana, que con cariño buscó cuidado a Octavio, es la que se dio cuenta de esta situación e invitó a Margarita a vivir con su esposo en el hogar y seguir su vida matrimonial, juntos para siempre.

Hoy, es bello verlos tomados de las manos, todos los días en el mismo sillón. Participando –en la medida de sus posibilidades-, de las actividades que tienen a diario en el Hogar. Ellos lo hacen irradiando cariño y fidelidad, mostrando a los demás, a través del brillo de sus ojos, que los amores para toda la vida existen, pese a todas las complicaciones. Margarita y Octavio juraron en la década de los 50, que se amarían por el resto de sus vidas, lo que gracias a la labor social de la Fundación Las Rosas pueden cumplir y contarlo al mundo.

COMPARTIR

¡Queremos saber tu opinión!